Marco Tosatti
Estimados StilumCuriales, ofrecemos a vuestra atención la homilía pronunciada por monseñor Carlo Maria Viganò el domingo pasado [IV de Pascua]. Disfruten la lectura y compartan.
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OBEDIENS USQUE AD MORTEM
Homilía en el día de la Invención de la Santa Cruz,
Domingo IV de Pascua
Qui salutem humani generis in ligno Crucis constituisti:
ut unde morte oriebatur, inde vita resurgeret,
et qui in ligno vincebat, in ligno quoque vinceretur.
[Quien estableció la salvación del género humano en el madero de la Cruz:
para que de donde surgió la muerte, de allí renazca la vida,
y el que venció en el madero, en el madero también fuese vencido]
Præfatio de Sancta Cruce
Celebramos hoy la Fiesta de la Invención de la Santa Cruz, que es especialmente querida en Familia Christi porque este día marca el aniversario de la ordenación sacerdotal del Siervo de Dios monseñor Giuseppe Canovai en 1931 y el de nuestro querido Don Riccardo Petroni. La Invención —es decir, el descubrimiento— de la Santa Cruz conmemora un acontecimiento histórico ocurrido en el año 326, cuando la emperatriz Elena, madre de Constantino el Grande, logró descubrir el lugar cerca del Calvario, donde fue enterrada la Verdadera Cruz. Según la narrativa patrística y litúrgica establecida (presente en autores como San Ambrosio, Rufino y en La Leyenda Dorada de Jacopo da Varagine), después de la Pasión del Señor la Cruz fue arrojada en una fosa o enterrada en los terrenos del Calvario para evitar que se convirtiera en objeto de veneración por los primeros cristianos.
El lugar exacto del entierro de la Cruz en el Gólgota, conocido solo por un pequeño círculo familiar judío, animado de hostilidad religiosa, se transmitió de generación en generación como un secreto celosamente guardado, por temor a que el descubrimiento pudiera confirmar la verdad de la fe cristiana. Santa Elena convocó a los principales exponentes de la comunidad judía y pidió explícitamente información sobre ese lugar. Todos negaron o fingieron no saberlo, excepto un rabino llamado Judas (señalado como descendiente o nieto de Zaqueo, el publicano del Evangelio), que conocía el secreto porque su familia se lo había transmitido. Sus antepasados presenciaron o se enteraron de la decisión de enterrar las cruces luego de la Pasión para impedir su veneración. Sin embargo, Judas se negó a revelar lo que sabía. Así que la emperatriz lo hizo descender a una cisterna vacía situada cerca del Gólgota, privándole de comida y agua. Luego de una semana, el rabino oró al Señor, fue iluminado por él y reconoció interiormente la verdad de Cristo; por ello prometió indicar el lugar exacto de la Crucifixión y fue liberado. Bautizado por el obispo de Jerusalén Macario con el nombre de Ciríaco, fue elegido obispo después de la muerte del obispo y recibió el título de Inventor Crucis. Fue martirizado el 1 de mayo de 363 bajo el emperador Juliano el Apóstata y sus restos descansan en la catedral de Ancona, ciudad de la que Ciríaco es el santo patrono.
Santa Elena ordenó la demolición del templo pagano dedicado a Venus (o a Júpiter) que el emperador Adriano había hecho erigir en el Gólgota para profanar el lugar sagrado para los cristianos y borrar su memoria. Se realizaron excavaciones en el punto indicado por Ciríaco, que sacaron a la luz una cisterna en la que se habían arrojado las cruces (la de Jesús y la de los dos ladrones), junto con los clavos de la crucifixión, la corona de espinas y el título Crucis (la inscripción Jesus Nazarenus Rex Judæorum). Para identificar la Verdadera Cruz, Elena mandó llevar a un paciente gravemente enfermo, que fue curado al instante con el simple contacto con la Cruz de Nuestro Señor, lo que atestiguó la autenticidad de la preciosa Reliquia.
Tres siglos después, en 614, durante la guerra contra los persas sasánidas, la Basílica del Santo Sepulcro que Constantino y Santa Elena habían edificado fue incendiada y devastada. Las reliquias de la Verdadera Cruz fueron llevadas como botín a la capital Ctesifonte y profanadas, incorporándolas a la derecha del trono de Chosroes, mientras que a la izquierda fue colocada una columna coronada por un gallo (símbolo, en parodia, del Espíritu Santo). El propio Chosroes se sentaba en el centro, haciéndose adorar como “Dios Padre”, con la Cruz representando al Hijo a su derecha y el gallo simbolizando al Espíritu Santo. Esta impía blasfemia contra la Santísima Trinidad no quedó impune: en 628 el emperador Heraclio, luego de una campaña heroica, derrotó a los persas en la batalla de Nínive. Chosroes II fue depuesto por su hijo Sirones y decapitado. Entre los términos de la paz, los bizantinos obtuvieron la restitución de la Verdadera Cruz. Heraclio la llevó personalmente de vuelta a Jerusalén el 14 de septiembre de 629, entrando descalzo a la Basílica y con ropas de penitente, para celebrar solemnemente el Madero Precioso en su lugar de origen. Este evento histórico se conmemora en la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz.
¿Pero podemos preguntarnos por qué tanta furia contra la Cruz en la que el Redentor fue clavado y murió? Porque tres días después Él resucitó verdaderamente de entre los muertos. Nuestro Señor venció la muerte y el pecado afrontando el patíbulo más infame reservado a los esclavos, transformando un instrumento de muerte en un medio de salvación: Pusiste la salvación de la humanidad en el madero de la Cruz, para que desde donde había surgido la muerte, de allí pudiera resurgir la vida; y aquel que en el madero había vencido, en el leño aunque fue derrotado. Las palabras del Prefacio de la Santa Cruz remiten al Introito: Nos autem gloriari oportet in cruce Domini nostri Jesu Christi: in quo est salus, vita, et resurrectio nostra: per quem salvati, et liberati sumus. Nosotros debemos gloriarnos —¡oportet, debemos!— en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo: en Quien está la salvación, la vida y nuestra resurrección; por Él somos salvados y liberados. Así como la madera del árbol del Edén había traído la muerte a Adán y a sus descendientes, así en el madero de la Cruz el nuevo Adán venció a Satanás y le arrebató a quienes en Cristo se revisten con el nuevo hombre, creado a imagen de Dios en la justicia y en la santidad de la verdad (Ef 4, 24).
Sin embargo, el testimonio de quienes vieron, escucharon y tocaron a Nuestro Señor después de la Resurrección no fue suficiente para conmover los corazones endurecidos de quienes se negaron a reconocerle como Dios, Rey y Mesías, quienes mantuvieron oculto el lugar en el que fue enterrada la Santa Cruz. Esos trozos de madera estaban empapados en la Sangre del Cordero, consagrados por el Sacerdote Eterno como altar del Sacrificio perfecto. Podían convertirse —como luego se convirtieron— en objeto de culto, Reliquia preciosa que sana a los enfermos, resucita a los muertos y expulsa a los demonios. Y fue el trono en el que el Rey divino se sentó en majestad: regnavit a ligno Deus. Un trono de tormentos, la Corona de espinas, el manto escarlata de los locos, el cetro de una caña, la Cruz que resume en sí misma la locura de la Pasión, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (1Cor 1, 23), pero en la que resplandece la magnificencia de la Caridad divina, de Dios mismo que viene a hacerse carne y a inmolarse para redimirnos, y que llama a todos a imitar a Nuestro Señor, a seguirle en el camino al Gólgota, a dar la vida por los amigos (Jn 15, 13).
La Cruz es la antítesis de lo que el mundo nos propone. Los primeros mártires abrazaron esa Cruz con sangre, multiplicando la cosecha en el campo del Señor: Sanguis Martyrum semen Christianorum. Por eso la Cruz tuvo que ser enterrada, olvidada, retirada: porque está en el origen de la Iglesia, que en la Santa Misa perpetúa el Sacrificio del Gólgota para la salvación de las almas. La Cruz está en el origen del heroísmo de los Mártires, de la fortaleza de los Confesores, de la castidad de las Vírgenes, de la sabiduría de los Reyes y de los Príncipes, de la justicia de los Magistrados, de la fidelidad de los cónyuges, de la honestidad y de la rectitud de los cristianos. Sin la Cruz, sin el ejemplo de obediencia de Nuestro Señor al Padre hasta el punto de la autoinmolación, ningún sacrificio, ningún dolor, ninguna prueba tendría sentido y reinarían la rebelión y el caos.
¿Pero no es exactamente esto lo que ocurre hoy? ¿No hay todavía quienes, sabiendo dónde está la Cruz, la ocultan, la niegan, empezando por los líderes de la Iglesia conciliar y sinodal? La constante oposición del mundo al misterio de la Redención, y en particular a la Cruz, es la marca que distingue la obra de Satanás, es el grito de rebelión contra el Verbo Encarnado: ¡Él ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el rey de Israel; que descienda de la cruz ahora y creeremos en él (Mt 27, 42).
El mundo sigue ocultando la Cruz, ya no materialmente, sino simbólica, cultural y jurídicamente La Cruz es retirada sistemáticamente de los espacios públicos: escuelas, hospitales, tribunales, plazas. Es excluida del discurso mediático, reducida en el mejor de los casos a un mero objeto artístico. A menudo se la ridiculiza como símbolo de oscurantismo u opresión, cuando no es profanada por manos sacrílegas. Las leyes sobre el blasfemo laicismo del Estado, las campañas de “descristianización” del calendario y de la educación, la cancelación de la referencia cristiana en las Constituciones de las Naciones y en las Cartas de los Derechos Fundamentales constituyen tantos “templos de Venus” erigidos en el Calvario de la Historia. Se profana el lugar donde se produjo la Redención para impedir que la Cruz continúe sanando a los enfermos en el alma, le dé un sentido al dolor, mantenga alejado al Enemigo señale hacia una meta eterna.
Sin embargo, hay quienes saben dónde está la Cruz —instituciones, intelectuales, educadores, formadores de opinión— pero que con demasiada frecuencia se abstienen de revelarla o la ocultan deliberadamente, igual que el rabino Judas. Este intento de ocultar la realidad de la Cruz está motivado por una mentalidad totalmente secularizada, por el conformismo social, por el miedo a ser marginado o por una verdadera apostasía interior. El motivo es esencialmente teológico y tiene su raíz en el propio Evangelio: “La luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malvadas (Jn 3, 19). La Cruz representa el escándalo de la Redención a través del sufrimiento: contrasta radicalmente con el hedonismo, con el culto al ego y a sus pasiones, con la ilusión de una existencia sin Dios y sin cruz. La Cruz representa la obediencia y humildad de Cristo: se opone al titanismo contemporáneo, a la quimera de la autodeterminación absoluta y a la pretensión del hombre de hacerse Dios. La Cruz representa la necesidad de conversión y de sacrificio: por tanto, desenmascara el relativismo moral y la pretensión de una salvación sin Redención, sin arrepentimiento y sin Gracia. Por último, la Cruz representa el señorío de Cristo sobre la historia: nos recuerda que todo poder terrenal es provisorio y está sujeto al juicio de la Cruz, lo cual es intolerable para un mundo que se ha divinizado a sí mismo.
No nos sorprendamos, entonces, si con esta aversión visceral a la Cruz también la liturgia reformada ha borrado o eclipsado la naturaleza sacrificial de la Misa, llegando incluso a confinar la Cruz a un lado del presbiterio, o a mostrar la efigie del Resucitado desclavada de ella –pensemos en la férula de León….
Es por eso que el Novus Ordo es definido como “celebración eucarística” y “cena”, mientras aborrece la definición católica de “Santo Sacrificio de la Misa”, donde todo gira en torno a la Cruz: Stat Crux dum volvitur orbis.
La Cruz resplandece ahora también en la frente de Giovanni, confirmado miles Christi con el Santo Crisma. El carácter sacramental —el sello imborrable de la filiación adoptiva— te hace, querido Giovanni, propiedad de la Santísima Trinidad, y al mismo tiempo confirma en ti el Espíritu Santo como compromiso y garantía (2Cor 1, 22; 2Cor 5, 5; Ef 1, 13-14), es decir, no como un don parcial o provisorio, sino como verdadera anticipación de la plena herencia escatológica: la vida eterna, la resurrección del cuerpo y la comunión definitiva con Dios. Que este compromiso de Gracias y de Dones sobrenaturales sea motivo de obediencia confiada a la santa Voluntad de Dios, siguiendo el ejemplo del Maestro divino y de Su augustísima Madre, la Regina Crucis, ayer sufriendo en la Co-Pasión, hoy triunfante en la gloria eterna del Cielo al que todos estamos llamados. Y así sea.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
Viterbo, 3 de mayo MMXXVI
In Inventione S.ctæ Crucis,
Dominica IV post Pascha
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 4 de mayo de 2026, en https://www.marcotosatti.com/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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