Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, les ofrecemos la homilía pronunciada en Pascua por el arzobispo Carlo Maria Viganò. Disfruten la lectura y difundan.
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Primogenitus mortuorum
et princeps regum terræ
Homilía en el Domingo de la Resurrección
Scimus Christum surrexisse a mortuis vere.
Sabemos que Cristo resucitó verdaderamente de entre los muertos.
Secuencia Victimæ paschali
Hæc dies quam fecit Dominus. Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y alegrémonos (Sal 117 [118], 24). El salmista saluda a la dies dominica, profetizada desde el Antiguo Testamento para la restauración del orden divino en Cristo.
Las profecías mesiánicas nos muestran el cumplimiento del Misterio Pascual. El Mesías glorioso, triunfador sobre el pecado y la muerte, es celebrado por la Sagrada Escritura como el principio, el primogénito de los que resucitan de entre los muertos, para que tenga el primado sobre todas las cosas (Col 1, 18); el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos y el soberano de los reyes de la tierra, que nos amó y que en su sangre nos purificó de nuestros pecados (Ap 1, 5). Cristo es testis fidelis, un testigo digno de credibilidad, porque su testimonio se cumplió al ser fiel hasta la muerte.
Como primogenitus mortuorum, Él realiza perfectamente lo que la primogenitura del Antiguo Testamento prefiguraba. Ésta constituía heredero al primogénito varón (Dt 21, 17), poseedor del derecho sacerdotal (Éx 13, 2; 22, 28-29; 34, 19-20), mediador y santificador de la familia que representaba ante Dios. El primogénito no era solamente el primero en orden cronológico, sino también quien, al ser ofrecido y consagrado a Dios, hacía acepta y bendecida toda la “cosecha” de la familia o del campo. Si el primogénito era debidamente ofrecido o rescatado, Dios bendecía al resto de la descendencia y posesiones. Esto era cierto para todo lo que se abre a la vida (Ex 13, 2): la ofrenda de la primera y mejor parte (el primogénito o las primicias) santificaba y garantizaba al todo.
La primogenitura de la Antigua Ley era, entonces, una prefiguración de lo que Nuestro Señor Jesucristo ha realizado perfectamente. Él es el primogénito no porque haya sido creado, sino porque es el principio mismo de la creación en el orden de la naturaleza y de la nueva creación en el orden de la Gracia. Nuestro Señor posee por naturaleza divina la plenitud de la herencia paterna. En esencia, es el único Hijo; todo lo que el Padre tiene es suyo (Jn 16, 15; 17, 10). Con su gloriosa Resurrección se reapropia en su humanidad de esta herencia universal; una herencia que constituye a Nuestro Señor, verdadero y único Redentor, en virtud de la Encarnación, haciendo efectivamente que por Su Sacrificio seamos redimidos de la esclavitud del pecado y la muerte: Así que ya no eres esclavo sino hijo; y si eres hijo, también eres heredero por la gracia de Dios (Gal 4, 7).
Por lo tanto, entendemos cómo los judíos de la época eran muy conscientes de a qué se refería San Pablo cuando señaló a Cristo como el único Mediador entre Dios y los hombres (1Tm 2, 5). Mediador y santificador: porque el que santifica (Hb 2, 11) es Cristo Jesús, que se hizo sabiduría, justicia, santificación y redención para nosotros (1Co 1, 30). Cristo es el verdadero Sumo Sacerdote que, al entrar en el tabernáculo celestial con su propia sangre (Hb 9, 11-12), santifica definitivamente al pueblo. Todo esto porque Él es precisamente el primogénito de toda criatura (Col 1, 15).
Este concepto está vinculado a la doctrina del Cuerpo Místico: puesto que Cristo resucitó primero, Él es la Cabeza de la que todo el Cuerpo recibe la vida nueva. Su Resurrección es la primicia que garantizan la resurrección de todos los justos, así como el primogénito era el garante de la bendición de sus hermanos. Al ser Cristo la Cabeza de la nueva familia de Dios —la Santa Iglesia—, cada uno de nosotros, al bautizarnos, se convierte en coheredero conjunto con Él al compartir su filiación divina: si somos niños, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, si verdaderamente compartimos sus sufrimientos para compartir también su gloria (Rm 8, 17). Porque a los que Dios conoció de antemano también predestinó a conformarse a la imagen de su Hijo, para que fuera el primogénito entre muchos hermanos (ibid., 29).
Esta herencia no sólo es futura (la gloria celestial), sino que comienza en la vida presente, de modo que como coherederos de Cristo recibimos ahora mismo el Espíritu Santo como una garantía de herencia (Rm 8, 23; 2Co 1, 22; Ef , 14). Como coherederos, de hecho ya somos ciudadanos de la Jerusalén celestial, como miembros vivos de la Santa Iglesia. Y es la Iglesia, en su misión santificadora, la que a través de los sacramentos dispensa los dones del Paráclito como garantía del pacto irrevocable sancionado por Dios en la Sangre del Cordero.
La Sabiduría divina lo había predicho en la eternidad del tiempo: Resurrexi, et adhuc tecum sum (Sal 138 [139], 18), He resucitado y sigo contigo. Es la voz del Verbo Eterno quien, desde la eternidad del tiempo, responde obedientemente a la voluntad del Padre: Entonces dije: “He aquí, ya voy. En el rollo del libro está escrito sobre mí para hacer tu voluntad (Sal 39 [40], 8). Y esta voluntad es nuestra salvación, a través de la Cruz.
En los últimos días, durante el rezo del Breviario, hemos orado muchas veces con las palabras de San Pablo: Christus factus est pro nobis obediens usque ad mortem, mortem autem crucis (Flp 2, 8). El misterio de la Pasión de Cristo es el acto supremo de obediencia filial, que se convierte en el fundamento mismo de nuestra Redención y de nuestra herencia divina. Cristo Jesús, aunque era de naturaleza divina, no consideró la igualdad con Dios como un tesoro, sino que se anonadó, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Ibid., 6-8). La obediencia de Cristo se opone a la desobediencia de Adán: mientras que el progenitor de la raza humana se negó por orgullo a obedecer a Dios y perdió la herencia divina para sí mismo y sus descendientes, Cristo, el nuevo Adán, obedece hasta el extremo -la muerte más ignominiosa, la reservada a los esclavos- y recupera esa herencia sobrenatural: a quienes le recibieron, les dio el poder para ser hijos de Dios; a quienes creen en su nombre, los cuales no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios (Jn 1, 12-13).
Así, Nuestro Señor, obedeciendo hasta la muerte en la cruz, recibe del Padre el nombre que está por encima de todo otro nombre; para que en el nombre de Jesús toda rodilla se incline en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios Padre (Flp 2, 9-11). Nuestro Señor nos hace coherederos de la misma gloria.
Pero sin esta obediencia crucificada no habría ni Resurrección ni herencia divina. Una obediencia que encuentra sordos y ciegos a quienes no aceptan la dimensión sacrificial de la realeza divina y del sacerdocio divino de Nuestro Señor: ¡Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz! (Mc 15, 29-30). Que Cristo, el Rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos (Mc 15, 32). Los ultrajes y las burlas de la multitud, de los sumos sacerdotes y de los escribas muestran el rechazo de la inmolación, de la Cruz, del sacrificio del primogénito, a pesar de que la Sagrada Escritura indicaba claramente que el Mesías divino sufriría y se inmolaría a sí mismo. Incluso las palabras que Satanás dirigió a Cristo en la cima del templo no son diferentes de las de la multitud: Si eres el Hijo de Dios, lánzate hacia abajo (Mt 4, 6).
En el trono de la Cruz, el Verbo Encarnado -primogénito del Padre en tanto verdadero Dios y primogénito de los hombres en tanto verdadero Hombre- conquista la herencia espiritual para beneficio de sus hermanos y hermanas, de todos nosotros, reconstituyéndonos como herederos de Dios y coherederos suyo.
Esta herencia, queridos hermanos, no nos está asegurada sin condiciones. Requiere de nuestra parte la disposición a convertirnos en imitadores de Cristo (1Co 11, 1), siguiendo al Primogénito en el camino de la Cruz para poder triunfar con Él: si verdaderamente sufrimos con él, para ser glorificados también con él (Rm 8, 17). Porque no hay Resurrección sin el Calvario, y quien rechaza la Cruz y la humillación del Hijo de Dios en la Primera Venida no se sentará a su derecha cuando regrese en gloria en la Segunda Venida para juzgar a toda la humanidad.
En ese día –día de ira ese día, día de angustia y de aflicción, día de devastación y de ruina, día de oscuridad y de penumbras, día de nubes y oscuridad (Sof 1, 15)- la obediencia de Cristo hasta la muerte en cruz (Flp 2, 8) se convertirá en el criterio del juicio para todos. Quienes hayan participado en Sus sufrimientos serán coherederos de la gloria; quienes hayan rechazado la Cruz oirán que se les dice: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25, 41). Y entonces verán y comprenderán verdaderamente lo que significa haberse atrevido a desafiar al Cordero que domina la tierra (Is 16, 1), a quien el Padre exaltó y glorificó: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies (Sal 109, 1-2, citado en Hch 2, 35). Sus enemigos son humillados a los pies del Redentor Resucitado, obligados a reconocer que fue precisamente en la Cruz donde el Mesías se manifestó como princeps regum terræ (Ap 1, 5).
En el día de Pentecostés, San Pedro resume las profecías mesiánicas a los hombres de Judea y proclama la fe de la Iglesia: Que toda la casa de Israel sepa con certeza que este Jesús a quien crucificaron Dios le ha constituido Señor y Cristo (Hch 2, 36). Porque Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que han muerto (1Co 15, 20).
Si queremos ser herederos de Dios y coherederos de Cristo debemos permanecer cerca de la Cruz, que de ser un instrumento de muerte y derrota se ha convertido en símbolo de vida y de victoria, spes unica, única esperanza. Porque es Dios quien trabaja en vosotros el querer y el obrar, según su beneplácito. Haced todo sin murmuraciones ni vacilaciones, para que seáis irreprochables y sencillos, hijos de Dios, sin manchas en medio de una generación corrupta y pervertida, en la que brilláis como estrellas en el mundo (Flp 2, 13-15). Y así sea.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
Viterbo, 5 de abril de MMXXVI
Dominica in Resurrectione Domini
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 6 de abril de 2026, en https://www.marcotosatti.com/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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