Vaticano, Lefebvre. Se está trabajando para evitar una ruptura y un nuevo cisma. Viganò: la FSSPX tiene razón   

 

 
Marco Tosatti

 

Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, ofrecemos a vuestra atención algunos elementos de evaluación de la situación, luego del anuncio de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X de ordenar en julio a nuevos obispos, para sustituir a quienes llevan décadas en actividad ya ancianos.  Disfruten la lectura y difundan.

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El primero es este post del arzobispo Carlo Maria Viganò:

Arcivescovo Carlo Maria Viganò

@CarloMVigano

La decisión de la Sociedad Sacerdotal de San Pío X de consagrar nuevos obispos el próximo 1 de julio demuestra la imposibilidad de cualquier diálogo con la Santa Sede. La negativa del Vaticano de acompañar las peticiones de la Fraternidad confirma un doble rasero: por un lado, la sinodalidad abre el camino al cisma sin que esto constituya un problema ni para quienes la imponen desde arriba ni para quienes la sufren desde abajo; por otro lado, una Fraternidad Sacerdotal de ortodoxia segura se ve privada del permiso para consagrar nuevos obispos precisamente porque no se ha comprometido con la revolución conciliar, de la cual la sinodalidad es la máxima expresión. Cuando la Jerarquía se convierte en cómplice de la demolición de la Iglesia, la única solución es apelar al estado de necesidad y garantizar la Sucesión Apostólica para el bien de las almas. Nada ha cambiado desde 1988, e incluso podemos decir que la situación ha empeorado dramáticamente. Por ello, expreso mi pleno apoyo a la decisión tomada por la Fraternidad de San Pío X.

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Y además está este artículo de Radical Fidelity:

Esta mañana (2 de febrero de 2026), con motivo de la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen María, el padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (SSPX), anunció públicamente la intención de la Fraternidad de proceder con nuevas consagraciones episcopales el 1 de julio de 2026.

Citando una “grave necesidad” en la Iglesia y el fracaso del diálogo con Roma, la FSSPX se prepara una vez más para dar un paso extraordinario fuera de las estructuras normales del gobierno eclesiástico.

Aunque la Fraternidad presenta esta decisión como un acto llevado a cabo “sin ningún espíritu de rebeldía” y por el bien de las almas, el anuncio mismo revela el profundo y no resuelto desastre de la Iglesia posterior al Vaticano II.

Este anuncio, por supuesto, servirá de munición para los críticos y enemigos de la confraternidad en ambos bandos: los partidarios de la nueva falsa religión por un lado y los ultratradicionalistas (sedevacantistas, etc.) por el otro.

La FSSPX explica que sus obispos, ya avanzados en edad después de casi cuatro décadas de ministerio, deben ser sustituidos para garantizar la continuidad de las ordenaciones y confirmaciones para los fieles vinculados a la Tradición. Este razonamiento refleja estrechamente el expuesto por el arzobispo Marcel Lefebvre en 1988. Casi cuarenta años después, se invoca la misma justificación, se propone la misma medida extraordinaria y se hace el mismo llamado a la “grave necesidad”.

La crisis que llevó a estas continuas acciones desesperadas proviene directamente de la revolución posconciliar inaugurada por el Concilio Vaticano II y encarnada por los hombres que reclaman autoridad dentro de la jerarquía romana moderna.

Los críticos de la facción tradicional argumentan que mientras la FSSPX siga presumiendo la legitimidad de la jerarquía conciliar, actuando en forma independiente de ella, seguirá atrapada en un estado de emergencia permanente, creado por ella misma.

Cada anuncio de nuevas consagraciones episcopales por parte de la FSSPX recuerda inevitablemente los controvertidos acontecimientos del 30 de junio de 1988, cuando el arzobispo Marcel Lefebvre consagró a cuatro obispos sin mandato papal. En aquel momento, Roma denunció el acto como algo cismático, decretando excomuniones automáticas —penas que luego se revocaron en 2009, pero sin resolver la controversia doctrinal de fondo. Desde entonces, el episodio se ha convertido en emblemático de la incapacidad de la “Iglesia” postconciliar para afrontar las crisis, salvo mediante la improvisación jurídica.

Desde el punto de vista de la FSSPX, las consagraciones de 1988 se justificaron por un estado de necesidad causado por la devastación de la formación sacerdotal y la vida sacramental luego del Concilio Vaticano II. Sin embargo, casi cuatro décadas después, se vuelve a justificar la misma situación. La misma necesidad de repetir una acción similar subraya que la supuesta “excepción” se ha vuelto permanente y que las medidas de emergencia adoptadas en 1988 no han logrado resolver el problema más profundo: una nueva religión falsa ha echado raíces en Roma.

Esta continuidad histórica es decisiva. La controversia nunca ha sido fundamentalmente sobre tecnicismos canónicos, sino sobre la autoridad en sí. Si un verdadero Pontífice romano hubiera gobernado la Iglesia, la situación no habría degenerado en reivindicaciones contradictorias de necesidad seguidas de décadas de ambigüedad, reconciliaciones parciales y silencio doctrinal. El hecho de que la FSSPX pudiera ser condenada, tolerada y cortejada alternativamente por Roma no hace más que poner en evidencia la ausencia de una autoridad clara y vinculante en el centro.

Por lo tanto, las próximas consagraciones de 2026 no representan tanto un nuevo capítulo, sino más bien la continuación del mismo drama irresuelto. Lo que era extraordinario en 1988 se ha convertido casi en rutina. En lugar de discutir sobre los tecnicismos de lo que se anuncia, los fieles deben despertar y darse cuenta de que Roma no está simplemente “atravesando un periodo difícil”, ya que la actual “crisis” está a treinta años desde el cambio de siglo.

El padre Pagliarani dice que pidió audiencia con el hombre al que llama el Santo Padre, con la esperanza de presentar la situación de la Compañía “en forma filial”. La respuesta posterior de Roma, descrita como inadecuada para las demandas de la Compañía, se presenta ahora como justificación para proceder sin mandato papal.

Pero este resultado era inevitable.

Las autoridades postconciliares de Roma no pueden conceder lo que la FSSPX exige implícitamente —el reconocimiento de la Tradición como normativo— sin condenar al propio Concilio y a las reformas que se supone deben defender. Por tanto, el diálogo sólo puede acabar en ambigüedad, retrasos o rechazos. La continua expectativa de la FSSPX de un resultado diferente delata un apego persistente a una estructura de autoridad que ya no funciona como la Iglesia Católica: la falsa Iglesia sinodal.

Ahora será especialmente significativo observar cómo reaccionará Roma —y en particular el propio Prévost— ante este último anuncio. En 1988, la reacción de las autoridades conciliares fue rápida y jurídica; en las décadas siguientes, ha sido incoherente, oscilando entre la censura, la tolerancia y el silencio estratégico.

Si no otra cosa, esta medida desenmascarará aún más a los usurpadores en el Vaticano. Si Roma reaccionara con dureza, correría el riesgo de dejar al descubierto el vacío de su tan proclamado “acompañamiento pastoral” y de su inclusión sinodal. Si reaccionara con el silencio o con una estudiada ambigüedad, admitiría tácitamente su incapacidad para gobernar incluso a quienes aún le declaran lealtad. Y si las negociaciones continuaran de nuevo, no haría otra cosa que confirmar que la claridad doctrinal ha quedado subordinada a la contención pragmática.

En cualquier escenario, la respuesta de León XIV y de los dicasterios romanos servirá más para un diagnóstico que para una solución, revelando un sistema que exige obediencia pero no tiene la autoridad para ordenarla, y que disciplina la Tradición mientras tolera infinitamente la innovación y el pecado.

La Compañía insiste en decir que no busca su propia supervivencia, sino el bien de la Iglesia universal. Sin embargo, en un esfuerzo por preservar la sucesión apostólica y negándose a extraer las conclusiones necesarias sobre la naturaleza de la autoridad en la Iglesia actual, la FSSPX perpetúa una eclesiología inestable: obispos consagrados sin un Papa, operando indefinidamente en un vacío canónico, profesando la sumisión a una jerarquía que condena su propia existencia.

Personalmente, rezo para que la Compañía reconozca pronto que la ausencia de un verdadero Papa explica tanto la necesidad como el desorden. La crisis de autoridad no se resuelve con repetidas consagraciones “de emergencia”, sino reconociendo la realidad de que la Sede Apostólica ha sido eclipsada por los modernistas que son enemigos de Cristo.

El padre Pagliarani habla de una “época trágica sin precedentes”. Esta observación suya no puede ser criticada. Pero la tragedia debe ser llamada adecuadamente si se quiere soportarla fielmente.

El anuncio de las nuevas consagraciones episcopales de la FSSPX es solamente una confirmación más de que el sistema postconciliar no puede sostener la Tradición Católica, ni reconciliarse con ella, ¡porque es el sistema de una religión diferente y falsa el que se opone al catolicismo!

 

Nuestra Señora, Corredentora, ruega por nosotros…

Nuestra Señora, Mediadora de todas las Gracias, ruega por nosotros…

¡Viva Cristo Rey!

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Pero hoy está este post de Niwa Limbu:

fsspx bruni vescovi

 

SSPX Update 3.0: Matteo Bruni, The Director of the Holy See Press Office, has told me that: “Contacts between the Society of Saint Pius X and the Holy See continue, with the aim of avoiding disagreements or unilateral solutions to the issues that have emerged.”

Actualización 3.0 de la FSSPX: Matteo Bruni, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, me ha dicho que: “Los contactos entre la Fraternidad de San Pío X y la Santa Sede continúan, con el objetivo de evitar desacuerdos o soluciones unilaterales a los problemas que han surgido.”

Publicado en italiano por Marco Tosatti el 3 de febrero de 2026, en https://www.marcotosatti.com/2026/02/03/vaticano-lefebvre-si-lavora-per-evitare-lo-strappo-e-un-nuovo-scisma-vigano-la-fsspx-ha-ragione/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

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