Marco Tosatti
Muy estimados StilumCuriales, ofrecemos a vuestra atención la homilía pronunciada por el arzobispo Carlo Maria Viganò con motivo de la Santa Navidad. Disfruten la lectura y difundan.
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GLORIA IN EXCELSIS DEO
Homilía en la Santísima Navidad
de Nuestro Señor Jesucristo
– En la Misa del día –
Gloria in excelsis Deo,
et in terra pax hominibus bonæ voluntatis.
Lc 2, 14
Si me han perseguido a mí, les perseguirán también a ustedes (Jn 15, 20). Y es desde el momento de Su nacimiento secundum carnem, que Nuestro Señor es perseguido: aún en pañales, los soldados de Herodes le buscan para matar a ese Niño al que teme que pueda oscurecer su poder terrenal. Mártires de un falso monarca nombrado por el emperador, los Santos Inocentes cuya memoria celebraremos en unos días fueron los primeros —niños también— en ser martirizados por un poder tan tiránico como ilegítimo, que precisamente por esta razón tuvo que imponerse con violencia, incluso sobre los más pequeños e indefensos. Cruellis Herodes, Deum venire quid times?, canta el himno de la Epifanía. Cruel Herodes, ¿por qué temes al Dios que viene? Los nuevos Herodes, a lo largo de la historia y especialmente en este oscuro crepúsculo que marca el colapso de la civilización cristiana, han enfurecido y se enfurecen contra los pequeños, para crucificar una y otra vez, en sus miembros, a la Cabeza divina del Cuerpo Místico. Su linaje perpetúa a lo largo de los siglos la aversión ciega y vengativa de quienes saben que son usurpadores y temen la llegada del Rey, porque representaría el fin de sus fraudes. Teme aún más su regreso, porque en la Segunda Venida – esta vez en la deslumbrante gloria del Rex tremendæ majestatis – no será Nuestro Señor quien escape de sus enemigos, sino que Él mismo los arrastrará ante Él y los juzgará ante el mundo, y en la evidencia universal de sus crímenes caerán en el abismo. La violencia de los malvados oculta el terror de la conciencia de tener literalmente sus días contados.
Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad, cantan los ángeles en la gruta de Belén. Paz: cuanto más escuchamos esta palabra repetida por el mundo y, desafortunadamente, también por los líderes de la Iglesia, tanto más pierde su significado y se muestra tal como es: la ilusión, de hecho la presunción de poder tener paz en el mundo después de haber expulsado deliberadamente a Nuestro Señor, Princeps pacis (Is 9, 5); el delirio loco de glorificar al hombre por su inexistente y blasfema dignidad infinita, en la rebelde negación de los derechos soberanos de Cristo Rey y Pontífice, y en la subversión sistemática de los Mandamientos de Dios. No olvidemos, queridos fieles: el Anticristo es simia Christi, así como Satanás es simia Dei. Es en el giro inverso llevado a cabo por la revolución donde se concretiza su reinado infernal: en lugar del toto orbe in pace composito que marca el nacimiento del divino Salvador, es en el toto orbe in bello diviso donde reconocemos la marca del Enemigo de la raza humana, homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira (Jn 8, 44). Por un lado, la Luz, por el otro las tinieblas. Por un lado, la Verdad, por el otro, la mentira. Por un lado, la paz de Cristo en el Reino de Cristo, por el otro, la guerra del Anticristo en la tiranía del Anticristo. Las tinieblas temen a la Luz, así como el fraude teme a la Verdad, el χάος teme al κόσμος.
Gloria a Dios, paz a los hombres; allí donde la gloria de Dios es la premisa y la condición para que los hombres de buena voluntad —es decir, aquéllos que observan Sus Mandamientos y los ponen en práctica con verdadera Caridad iluminada por la Fe— puedan tener la verdadera paz. Les dejo la paz, les doy mi paz; no como la da el mundo, sino como yo la doy (Jn 14, 27). No con la mentira, no con el fraude, no con la injusticia y la iniquidad; no en el desorden del pecado y en la tolerancia del mal. No donde los inocentes son asesinados en el vientre materno y los ancianos en la cama del hospital. No donde la familia natural es perseguida y culpabilizada, mientras que las uniones sodomíticas se califican como “matrimonios” y la gestación subrogada se legaliza en la explotación más abyecta de mujeres y madres. No donde la naturaleza misma es manipulada, para borrar del hombre esa imagen y semejanza con Su Creador, que la Serpiente detesta. No donde el hombre es castrado y la mujer virilizada. No donde el trabajador es tratado como un esclavo para enriquecer a sus amos. No donde los culpables son absueltos y los inocentes encarcelados. No donde la ficción sustituye a la realidad, donde la pobreza es ocasión de lucro, donde la pureza y la castidad son ridiculizadas y los peores vicios promovidos y fomentados incluso entre los más jóvenes. No donde los alborotadores de la turba elegida cancelan las fiestas cristianas, no donde el sonido de las campanas cede ante el grito del almuecín, mientras los gobernantes —que se proclaman seculares al prohibir los belenes y los crucifijos— rinden orgulloso homenaje a la fiesta judía de Janucá, cuyas luces han sustituido a la Natividad de Nuestro Señor. No donde la sed de dinero y poder ha ocupado el lugar del honor y de la honestidad. No donde los poderes subversivos mandan a los políticos sin dignidad ni decencia, y donde la información es esclava y cómplice de la mentira. No donde se enferma a los sanos para alimentar al Moloch farmacéutico y millones de seres humanos son enviados al matadero para enriquecer a los fabricantes de armas. No donde la luz del sol se oscurece y se envenenan el aire, el agua y los campos, y el ganado es masacrado y las cosechas se dañan en beneficio de las multinacionales. No donde rezar en silencio frente a una clínica de abortos implica el arresto, y donde decir la verdad en las redes sociales se considera discurso de odio. No donde toda autoridad, en cualquier nivel, gobierna ilegítimamente legislando contra Dios y contra el hombre. No cuando nos engañemos pensando que nos escondemos de la mirada de Dios, mientras se impone un control total sobre las masas. No donde la Santa Iglesia –beata pacis visio– es eclipsada por una secta de herejes, fornicadores y corruptos. No donde quienes quieren permanecer fieles a Nuestro Señor son borrados y excomulgados por mercenarios que usurpan Su nombre exigiendo obediencia.
Los siervos del Anticristo quieren hacernos creer que no hay salida, que esta guerra está perdida y que cada uno de nosotros debe resignarse a la idea de vivir en esta distopía infernal, sin la posibilidad de expulsar a los usurpadores, traidores y cómplices de este golpe global. El terror de los enemigos de Dios es, en realidad, perder un poder obtenido por el fraude y ejercido en forma ilegítima; y que nuestra determinación de permanecer fieles a Cristo exponga su engaño criminal y les obligue a mostrarse tal como son.
Observemos al Santo Niño. En esta densa oscuridad que nos envuelve, miremos a Él, Luz verdadera que ilumina a todo hombre (Jn 1, 9). Miremos al Rey de reyes, que eligió por obediencia al Padre encarnarse y morir por nosotros. Puer natus est nobis, cantábamos en el introito: un Niño nace para nosotros. Para nosotros: propter nos homines et propter nostram salutem, por nosotros los hombres y para nuestra salvación. Miren a Aquél a quien hoy adoramos en el ocultamiento de la divinidad, y a quien veremos regresar cum gloria para juzgar a los vivos y a los muertos.
La Encarnación de la Palabra Eterna del Padre no nos da paz según el mundo ni una esperanza meramente humana. El nacimiento de Nuestro Señor nos da la verdadera paz del corazón: la paz con Dios que surge de vivir en Su Santa Gracia, y la esperanza inquebrantable de que Él nos asiste con el Espíritu Paráclito para que podamos alcanzar esa dicha eterna que coronará a la milicia terrenal.
Además del divino Consolador, el Señor nos da a Su propia Madre, haciéndonos Sus hijos y poniéndonos bajo la custodia de Aquella que aplastó la cabeza de la antigua Serpiente. El Hijo de Dios apareció precisamente para destruir las obras del diablo (1Jn 3, 8): Es el descendiente real de la Mujer coronada con estrellas que esperaban nuestros Padres. Él es el Mesías prometido que hemos reconocido en Jesucristo, y que se ha complacido en encomendar a la creatura más santa, pura y humilde la tarea de sumergir a Satanás en el abismo, después de que el Arcángel San Miguel haya derribado y matado al Anticristo. Mientras esperamos esta derrota del Mal y el triunfo definitivo del Bien, no dejemos de invocarla como nuestra Reina, la Regina Crucis, nuestra Madre, nuestra Esperanza. La Providencia le ha confiado a ella los tesoros de todas las Gracias: que Ella abrevie estos días de tribulación y nos muestre, después de este exilio, al Rey Niño cuyo nacimiento celebramos hoy. Y así sea.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
25 de diciembre MMXXV
In Nativitate D.N.J.C.
Publicado en italiano por Marco Tosatti el 28 de diciembre de 2025 en https://www.marcotosatti.com/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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