Marco Tosatti
Estimados StilumCuriales, Cinzia Notaro, a quien agradecemos de todo corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre la Eucaristía. Disfruten la lectura y compartan.
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La Palabra hizo Pan: el Lenguaje semítico y la Realidad sacramental de la Eucaristía
Entre los mayores dones que Dios ha dado a la humanidad, ninguno es comparable a la Santísima Eucaristía. En ella se cumple el misterio del amor divino: Cristo, la Palabra eterna del Padre, se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14), y sigue presente en la historia, verdadera y sustancialmente, bajo las apariencias de pan y vino.
En el Evangelio de Juan, Jesús mismo promete: “Esta es la voluntad de mi Padre, que todo aquel que vea al Hijo y crea en él tenga vida eterna; y yo lo levantaré en el último día” (Jn 6, 40).
En estas palabras se revela el corazón del misterio cristiano: los que se nutren de Cristo, Pan vivo bajado del cielo, reciben en sí la vida divina y participa en la comunión eterna con Dios. No es casualidad que los discípulos, conmovidos por esta promesa, exclamen: “Danos siempre de este pan, Señor”.
Jesús hablaba arameo, una lengua “semítica”. En la forma de pensar semítica, el verbo “ser” no se usa en forma abstracta, como en griego o latín. Decir “X es Y” puede significar una identidad simbólica o sacramental, no simplemente lógica.
Aquí hay algunos ejemplos bíblicos: “Las siete espigas de maíz son siete años” (Gn 41, 26) — lenguaje figurado; “Cristo era la roca” (1Cor 10, 4) — lenguaje teológico y simbólico; “Yo soy la vid, ustedes son los sarmientos” (Jn 15, 5) — un lenguaje figurado, pero profundamente real.
Así que cuando durante la Última Cena Jesús dice: “Este es mi cuerpo… esta es mi sangre de la nueva alianza” (Mt 26, 26–28), no utiliza un lenguaje puramente simbólico, sino un lenguaje sacramental. En el contexto judío y pascual, el signo nunca es un simple recuerdo: es un signo eficaz, que hace presente la realidad que representa.
Jesús no sólo dice “esto representa mi cuerpo”, sino “esto es realmente y hace presente mi cuerpo ofrecido por ustedes”.
El pan y el vino se convierten así en signos concretos y vivos de la Nueva Alianza, instrumentos a través de los cuales Cristo realmente se entrega a sus discípulos. Ya no es la sangre del cordero pascual la que libera a Israel, sino la sangre misma del Hijo de Dios, que redime a la humanidad del pecado y regala la vida eterna.
“El que ve al Hijo y cree en él tiene vida eterna, y yo le levantaré en el último día” (Jn 6, 40): por esta razón, quienes “ven al Hijo” — es decir, los que lo reconocen en la fe y lo reciben — ya tienen vida eterna, anticipando su consumación final.
Ya en las primeras décadas luego de los apóstoles, la Iglesia primitiva siempre creyó en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Los testigos más antiguos de la fe cristiana, aún inmersos en la mentalidad semítica, lo confirman con palabras claras y sorprendentes.
San Ignacio de Antioquía (c. 70–107 d.C.), discípulo directo de los apóstoles, escribe en su Carta a los esmirneses: “Se abstienen de la Eucaristía y de la oración porque no reconocen que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la carne que sufrió por nuestros pecados y que el Padre, en su bondad, resucitó.”
Ignacio no habla de símbolo, sino de realidad. Condena a los herejes que negaban la verdadera humanidad de Jesús, precisamente porque de esa negación derivaba también el rechazo de la verdadera presencia eucarística.
En el lenguaje bíblico, el signo (‘ot) no es algo separado de la realidad, sino que participa en ella y la hace presente.
San Justino Mártir (c. 100–165 d.C.), en la Primera Apología (cap. 66), escribe: “Porque no recibimos estos alimentos como pan común ni bebida común; pero, así como Jesucristo nuestro Salvador, hecho carne para la palabra de Dios, tuvo carne y sangre para nuestra salvación, así también la comida y la bebida eucarísticas son la carne y la sangre de ese Jesús encarnado”.
Justino, escribiendo apenas 50-60 años después de los apóstoles, afirma claramente que la Eucaristía no es pan común, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo encarnado. En su lenguaje semítico realista, el “memorial” (zikkaron) no es un simple recuerdo, sino un acontecimiento que se vuelve presente y actual. San Ireneo de Lyon (c. 130–202 d.C.), discípulo de Policarpo de Esmirna — él mismo discípulo del apóstol Juan — confirma la misma fe. Para él, el pan y el vino, después de la oración eucarística, se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, porque la Palabra de Dios realiza lo que pronuncia.
Desde la lengua y la cultura semíticas hasta los Padres de la Iglesia, emerge una verdad imposible de refutar: las palabras de Jesús — “Este es mi cuerpo” — no son un mero símbolo, sino un anuncio de presencia real.
En el signo sacramental, el pan y el vino no sólo representan a Cristo, sino que lo contienen y lo hacen presente. Por lo tanto, la Eucaristía es el lugar donde la Palabra hecha carne sigue habitando entre nosotros, como lo había prometido: “Yo estoy siempre con ustedes, hasta el fin de los tiempos” (Mt 28, 20). No estamos frente a un recuerdo, sino a una presencia viva: Jesús mismo, que sigue amándonos y ofreciéndose por nosotros. Cada vez que nos acercamos a este sacramento, podemos repetir con humildad y gratitud las palabras del Evangelio: “Señor, danos siempre de este pan“ (Jn 6:34).
Publicado originalmente en Italiano por Marco Tosatti el 28 de noviembre de 2025, en https://www.marcotosatti.com/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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1 commento su “La Palabra se hizo Pan: Lenguaje semítico y Realidad sacramental de la Eucaristía. Cinzia Notaro”
Cela n’a rien à voir avec le langage sémite. Jésus est le Verbe de Dieu par qui tour a été créé………In Christo
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