Reflexiones sobre las culturas que se oponen en la actualidad. 2005, Ratzinger en Subíaco, cuan actuales siguen siendo actualmente

Marco Tosatti

Estimados StilumCurialles, ponemos a vuestra disposición este comentario, publicado en nuestro sitio por un fiel amigo del blog, y que nos parece de interés para todos. Disfruten la lectura y la meditación.

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El día anterior a la muerte de Juan Pablo II, el cardenal Ratzinger dio una conferencia en el monasterio de Santa Escolástica, en Subíaco.

Título: REFLEXIONES SOBRE CULTURAS QUE HOY SE OPONEN

 

A continuación algunos pasajes destacables:

… Durante el siglo pasado, las posibilidades del hombre y su dominio sobre la materia han crecido en una medida verdaderamente impensable, pero su poder para disponer del mundo ha hecho también que su poder de destrucción haya alcanzado las dimensiones que, a veces, nos hacen horrorizar.

El temor que [el terrorismo] pueda apoderarse rápidamente de las armas nucleares y biológicas no es infundado, y ha hecho que efectivamente, en el interior de los Estados de Derecho, se haya debido recurrir a sistemas de seguridad similares a los que existían antes solamente en las dictaduras. Pero de todos modos permanece la sensación que todas estas precauciones en realidad no pueden ser nunca suficientes, al no ser posible ni deseable un control global.

Menos visibles, pero no por eso menos inquietantes, son las posibilidades de auto-manipulación que el hombre ha adquirido. Él ha sondeado los sectores más recónditos del ser, ha descifrado los componentes del ser humano, y ahora está en condiciones, por así decir, de «construir» por sí mismo al hombre, quien ya no viene más al mundo como don del Creador sino como producto de nuestro obrar, producto que, en consecuencia, también puede ser seleccionado según las exigencias fijadas por nosotros mismos. De esta manera, sobre este hombre no brilla más el esplendor de su ser imagen de Dios -quien es el que le confiere su dignidad y su inviolabilidad-, sino solamente el poder de las capacidades humanas. Él ya no es otra cosa que imagen del hombre, ¿pero de qué hombre?

… La fuerza moral no ha crecido junto al desarrollo de la ciencia, por el contrario, más que nada ha disminuido, porque la mentalidad técnica confina la moral al ámbito de lo subjetivo, mientras que nosotros tenemos necesidad justamente de una moral pública, de una moral que sepa responder a las amenazas que penden sobre la existencia de todos nosotros.

El verdadero y más grave peligro en este momento está justamente en este desequilibrio que hay entre las posibilidades técnicas y la energía moral. . allí donde falta [la energía moral del hombre] o no es suficiente, el poder que el hombre tiene se transforma cada vez más en un poder destructivo.

Es verdad que hoy existe un nuevo moralismo cuyas palabras-claves son la justicia, la paz, la conservación de lo creado, palabras que remiten a valores morales esenciales de los que tenemos realmente necesidad. Pero este moralismo permanece vago y por eso se precipita, en forma casi inevitable, hacia la esfera política partidaria. Ese moralismo es ante todo una pretensión dirigida a los demás, y muy poco un deber personal de nuestra vida cotidiana. En efecto, ¿qué significa la justicia? ¿Quién la define? ¿Qué es lo que sirve a la paz?

… Lo mismo vale también para un cristianismo y para una teología que reducen el núcleo del mensaje de Jesús, el «Reino de Dios», a los «valores del Reino», identificando estos valores con las grandes consignas del moralismo político y proclamándolas al mismo tiempo como síntesis de las religiones. Pero así se olvidan que Dios es justamente el sujeto y la causa del Reino de Dios. En su lugar se hacen presentes grandes palabras (y valores) que se prestan a cualquier tipo de abuso.

Esta rápida mirada sobre la situación del mundo nos lleva a reflexionar sobre la situación actual del cristianismo, y por eso también sobre las bases de Europa, esa Europa que en una época, podemos decir, ha sido el continente cristiano, pero que ha sido también el punto de partida de esa nueva racionalidad científica que nos ha regalado grandes posibilidades y por otra parte grandes amenazas.

… esta Europa, desde los tiempos del Renacimiento y en forma plena desde los tiempos del Iluminismo, ha desarrollado justamente esa racionalidad científica que no sólo en la época de los descubrimientos llevó a la unidad geográfica del mundo, al encuentro de los continentes y de las culturas, sino que ahora mucho más profundamente, gracias a la cultura técnica, hace posible la unidad de la ciencia, marca por sí verdaderamente a todo el mundo, inclusive en un cierto sentido lo uniforma. Y sobre la estela de esta forma de racionalidad Europa ha desarrollado una cultura que, en una forma desconocida hasta ahora por la humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, ya sea porque se lo niega del todo o porque su existencia se juzga no demostrable, incierta, y en consecuencia perteneciente al ámbito de las elecciones subjetivas, algo de todos modos irrelevante para la vida pública. Esta racionalidad puramente funcional, por así decir, ha producido un trastorno de la conciencia moral por otra parte nuevo para las culturas hasta ahora existentes, porque sostiene que racional es solamente lo que se puede probar con los experimentos.

… A partir de aquí se entiende que Europa está experimentando una verdadera y auténtica «prueba de tracción»; a partir de aquí se entiende también la radicalidad de las tensiones a las que nuestro continente debe hacer frente

… la idea que sólo la cultura iluminista radical, la cual ha alcanzado su pleno desarrollo en nuestro tiempo, podría ser constitutiva para la identidad europea. Junto a ella pueden coexistir entonces diferentes culturas religiosas con sus respectivos derechos, con la condición y en la medida que respeten los criterios de la cultura iluminista y se subordinen a ella.

Esta cultura iluminista se define sustancialmente por los derechos de la libertad, ya que parte de ésta como si fuese un valor fundamental que mide todo: la libertad de elección religiosa, que incluye la neutralidad religiosa del Estado; la libertad de expresar las propias opiniones, con la condición de no poner en duda justamente este canon; el ordenamiento democrático del Estado y, como una consecuencia de ello, el control parlamentario sobre los organismos estatales; la libre formación de partidos; la independencia del Poder judicial y, por último, la tutela de los derechos humanos y la prohibición de discriminar.

Aquí el canon está todavía en vía de formación, dado que también hay derechos humanos contrapuestos, como por ejemplo, en el caso de la divergencia entre la voluntad de libertad de la mujer y el derecho a la vida del niño que va a nacer. El concepto de discriminación es cada vez más amplio, y así la prohibición de discriminación puede transformarse cada vez más en una limitación de la libertad de opinión y de la libertad religiosa.

Dentro de poco no se podrá afirmar más que la homosexualidad, tal como enseña la Iglesia católica, constituye un desorden objetivo en la estructuración de la existencia humana. Y el hecho que la Iglesia esté convencida que no tiene derecho de dar la ordenación sacerdotal a las mujeres es considerado por algunos inconciliable actualmente con el espíritu de la Constitución europea.

Es evidente que este canon de la cultura iluminista, de ninguna manera definitivo, contiene valores importantes de los que nosotros, justamente como cristianos, no queremos y no podemos no tomar en cuenta. Pero por otra parte es evidente que la concepción mal definida o no definida en absoluto de la libertad, definición que está en la base de esta cultura, inevitablemente conlleva a contradicciones, pues es evidente que justamente por vía de su uso (un uso que parece radical) comporta limitaciones de la libertad que una generación atrás no llegaban siquiera a imaginarse. Una confusa ideología de la libertad conduce a un dogmatismo que se está revelando cada vez más hostil a la libertad.

… Pero aquí se impone de todos modos el interrogante si esta cultura iluminista laica es verdaderamente la cultura, descubierta como finalmente universal, de una razón común a todos los hombres, cultura que debería tener acceso a todas partes, aunque en un humus histórico y culturalmente diferenciado. Y lo que se nos pregunta también es si ella es en realidad completa en sí misma, tanto como para no necesitar ninguna raíz fuera de sí misma.

Habíamos planteado dos preguntas: si la filosofía racionalista (positivista) es estrictamente racional y, en consecuencia, universalmente válida, y si es completa. ¿Se basta a sí misma? ¿Puede o directamente debe relegar sus raíces históricas al ámbito del puro pasado y, en consecuencia, al ámbito de lo que puede ser válido sólo subjetivamente? Debemos responder a todas las preguntas con un «no» rotundo. Esta filosofía no expresa la razón íntegra del hombre, sino solamente una parte de ella, y a causa de esta mutilación de la razón no se la puede considerar de ninguna manera racional. Por esto es también incompleta, y puede sanar sólo restableciendo de nuevo el contacto con sus raíces. Un árbol sin raíces se seca…

… [Al afirmar esto no se niega todo lo que esta filosofía dice de positivo e importante, sino que se afirma más que nada su necesidad de completitud, su profunda incompletitud]. Y así nos encontramos de nuevo hablando de dos puntos controvertidos del Preámbulo de la Constitución europea. El aporte de las raíces cristianas no se revela como expresión de una tolerancia superior que respeta a todas las culturas del mismo modo, sin querer privilegiar alguna, sino como la absolutización de un pensar y de un vivir que se contraponen radicalmente, entre otras cosas, a las otras culturas históricas de la humanidad. La verdadera contraposición que caracteriza al mundo de hoy no es la que se plantea entre las diversas culturas religiosas, sino entre la radical emancipación del hombre de Dios y de las raíces de la vida por una parte, y las grandes culturas religiosas por otra parte.

Si se llegara a un conflicto entre las culturas, no será por el desencuentro de las grandes religiones –desde siempre en lucha unas contra las otras, pero que en definitiva también han sabido vivir siempre unas con otras-, sino que será por el desencuentro entre esta radical emancipación del hombre y las grandes culturas históricas. En este sentido, el rechazo de la referencia a Dios no es expresión de una tolerancia que quiere proteger las religiones no teístas y la dignidad de los ateos y de los agnósticos, sino más que nada expresión de una conciencia que querría ver a Dios eliminado definitivamente de la vida pública de la humanidad y restringido al ámbito subjetivo de los residuos culturales del pasado.

El relativismo, que constituye el punto de partida de todo esto, se convierte así en un dogmatismo que se cree en posesión del conocimiento definitivo de la razón y con derecho a considerar todo el resto sólo como un estadio de la humanidad en el fondo superado y que puede ser adecuadamente relativizado. En realidad, esto significa que tenemos necesidad de raíces para sobrevivir y que no debemos perder de vista a Dios, si queremos que no desaparezca la dignidad humana.

… De lo que tenemos necesidad sobre todo en este momento de la historia es de hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan que Dios sea creíble en este mundo. El testimonio negativo de los cristianos que hablaban de Dios y vivían contra Él ha oscurecido la imagen de Dios y ha abierto las puertas a la incredulidad. [Tenemos necesidad de hombres que tengan la mirada dirigida hacia Dios, aprendiendo desde Él lo que es la verdadera humanidad].

 

Publicado originalmente en italiano por Marco Tosatti el 24 de marzo de 2025, en https://www.marcotosatti.com/2025/03/24/riflessioni-su-culture-che-oggi-si-contrappongono-2005-ratzinger-a-subiaco-quanto-e-attuale-anche-oggi/

 

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

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