Cuaresma, Tercera Meditación de Investigador Bíblico. La Virgen María

 

Marco Tosatti

Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, Investigatore Bibblico, a quien agradecemos sinceramente, pone a vuestra consideración  estas reflexiones cuaresmales.

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“EJERCICIOS DE CUARESMA III MEDITACIÓN: La Virgen María”, por IB

  por Investigador Bíblico

 

Queridos hermanos:

Estamos en el inicio de este tiempo fuerte, el Miércoles de Ceniza, y hoy queremos meditar sobre María, la Madre de Dios, la Madre de la Iglesia, nuestra Madre. ¿Pero quién es realmente María? ¿Qué nos dice su vida hoy?

Hermanos, la Escritura nos muestra que María es la mujer de la espera. Después de la caída de Adán y Eva, Dios hace una promesa: vendrá una mujer, una Mujer que aplastará la cabeza de la serpiente. Esta mujer es María. Ella es la “hija de Sión”, la pobre de Israel, el resto de Israel que, en el silencio y en la noche de la historia, esperó con confianza la salvación de Dios. Ella es la que Dios eligió, no porque fuera poderosa, no porque fuera rica, sino porque era humilde. María no se apoya en sí misma, sino que confía plenamente en el Señor.

Y entonces llega el ángel Gabriel y le dice: «¡Te saludo, llena de gracia, el Señor está contigo!» Imagínense a esta joven, de unos 15 o 16 años, escuchar una palabra tan impactante. Y, sin embargo, María no se exalta a sí misma, no se llena de sí misma, sino que se humilla. María es la pobre, es la esclava del Señor. Y responde con esa palabra que cambia la historia de la humanidad: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”».

Hermanos, María es la primera creyente, la primera discípula. Ella entra en el misterio de Dios sin comprender todo, sin controlar nada. Hoy queremos tener todo bajo control, queremos que nuestra vida transcurra sin dificultades, queremos entender de inmediato el sentido de todo lo que nos sucede. Pero María nos muestra otro camino: el camino del abandono, de la confianza, de la fe. María vive la fe como una noche, como un camino en la oscuridad, confiándose a Dios, sabiendo que Él es fiel.

¡Y miren qué sucede! Después de decir su “sí”, Marí, comienza un camino de sufrimiento. Ella va a Isabel y tiene que huir a Belén para dar a luz en un establo. Luego, tan pronto como el niño nació, huye a Egipto. Y luego lo pierde en el Templo. Y después lo ve perseguido. Y finalmente, al pie de la cruz, María está allí, y no dice nada. No se rebela. No se desespera. Está ahí, en el dolor, en la oscuridad, en la fe. Jesús le dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Y María se convierte en nuestra Madre.

¡Hermanos, este es el camino de la Iglesia! No una fe sentimental, hecha sólo de emociones o devociones, sino una fe concreta, que se confía a Dios en las pruebas. Hoy el mundo nos dice que tenemos que entender todo, que tenemos que ser fuertes, que tenemos que tener el control. Pero María nos dice que el camino de la vida es otro: es el camino de la confianza, de la humildad, de la pequeñez. Es el camino de la fe.

¿Cuántos de nosotros estamos sufriendo? ¿Cuántos de nosotros no entendemos el porqué de lo que estamos experimentando? ¿Cuántos de nosotros sentimos la oscuridad, la soledad, el miedo? Hermanos, ¡María es un signo para nosotros! María nos dice que Dios es fiel, que Dios mantiene su promesa. María nos dice que la muerte no tiene la última palabra. María nos dice que Dios nos ama, aun cuando no lo sentimos, aun cuando todo parece derrumbarse.

Hoy podemos decir con todo nuestro corazón: María es nuestra Madre, María está con nosotros en nuestro camino. Pidámosle que nos ayude a decir nuestro “sí” todos los días, incluso cuando no entendemos nada. Pidámosle que nos sostenga en la prueba, que nos haga pobres y humildes, para que Dios pueda obrar en nosotros.

Oremos juntos: María, Madre nuestra, ayúdanos a confiar en Dios, a decir nuestro sí, a no tener miedo al futuro. Concédenos que, como tú, seamos pobres y humildes, para que Dios haga grandes cosas en nosotros.

¡AMEN!

 

«MUJER, HE AHI A TU HIJO… HE AHI A TU MADRE»

María, Madre de la Iglesia

 

El perdón implorado para los hombres que, al crucificarlo, “no saben lo que hacen”, este perdón capaz de santificar en un instante a quienes, como el ladrón arrepentido, lo invocarán con deseo, al vernos tan poco solícitos en pedirlo y todos enterrados en el frío descuido de nuestros corazones, quiere al menos que su Madre lo implore por nosotros. Al confiarle a Juan somos todos nosotros quienes somos dados a ella como hijos, y ella se convierte frente a él en la madre responsable. Esto significa que ella promete, si no ponemos obstáculos, cumplir maravillosamente, como en el pasado en Caná de Galilea, la oración que Ella le dirigirá por nosotros.

En la Cruz, las mujeres estaban de pie. ¿Qué pensaban los artistas que, a partir del siglo XV, representarían a la Virgen desfallecida al pie de la Cruz? No es una criatura desmayada que Jesús ve desde la Cruz. Es su madre, despedazada indudablemente de una manera inenarrable, pero dispuesta a soportar, unida a Él, todo el peso del co-sufrimiento que le está reservada.

La palabra, indudablemente llena de amor que ella le dirige, no tiene el efecto de reavivar sus fuerzas vacilantes, sino de introducirlo, en ese momento solemne, en el corazón mismo del drama de la redención del mundo. “Con una sola oblación”, la de su muerte en la cruz, “lleva a la perfección para siempre a los santificados”[1]. El pecado hiere profundamente el amor de Dios, un amor que merece ser correspondido sin límites. Esta herida no toca a Dios en su Esencia, donde permanece intocable, sino en su deseo por nosotros, en el proyecto de amor que tenía por la humanidad y que nuestro pecado ha comprometido. Solo Jesús, con su sufrimiento y el don de su vida en la cruz, puede reparar este inmenso mal. Lo hace por todos nosotros, ofreciéndonos también el amor de su madre.

¿Quién es María para nosotros hoy? La Escritura la presenta como la mujer elegida por Dios para encarnar la promesa de la redención, la que, con su sí, trae al Salvador al mundo. Humilde y fiel, es la imagen del pueblo elegido que espera con confianza la venida del Mesías.

Cuando el ángel Gabriel se dirige a ella, ella proclama: «Te saludo, llena de gracia, el Señor está contigo»[2]. Un anuncio que desconcierta, porque María, joven y sencilla, está llamada a una misión inmensa no por sus propios méritos, sino por su total apertura a Dios.

Lo que la Virgen y el discípulo amado representan en primer lugar, al pie de la cruz, es el misterio de la compasión corredentora de la Iglesia, que es el Cuerpo. Son uno con Cristo, arrastrados con Él en su drama, envueltos por la inmensa súplica divino-humana y teándrica que asciende de la Cruz al Cielo, y por la inmensa plenitud que, desde el Cielo, desciende sobre la Cruz al mundo, porque, dice la Escritura, Cristo «fue escuchado por su actitud reverente»[3]. Y ambos son uno, dos inseparablemente unidos por las palabras de Cristo, que desde ahora convierte a la Madre de Dios al pie de la Cruz en la madre de todo discípulo de Cristo, y a todo discípulo de Cristo lo convierte en el hijo de la Madre de Dios Redentor: «Ahí tienes a tu hijo…  Aquí está tu madre».

Al decirle a su madre «Mujer, aquí tienes a tu hijo», evita que su dolor se cierre en la más desgarradora de las tragedias privadas. Por el contrario, abre su corazón materno a la angustia de toda la humanidad, llamándola a interceder ante él para que, en la Sangre de su Cruz, cada uno de nosotros renazca puro, libre del pecado, como él mismo en la sencillez del establo.

Después, le dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Es una gran dulzura de Jesús para su madre -¿pero cómo la recibirá si no es con lágrimas?– darle como hijos, en la persona del discípulo amado, a aquellos por los que derrama la Sangre de su redención. Y es también una gran dulzura de Jesús para el discípulo amado, en el que se representan a todos aquellos que, cercanos o lejanos, aceptarán las previsiones del amor divino, para darles espiritualmente como madre  -sean conscientes o inconscientes de ello- a su propia madre. Aquí la ternura del corazón de la Madre de Dios se derramará sobre la miseria de los hijos de Adán, aquí se convertirán en hermanos de Jesús, no solo porque tendrán a Dios como padre de adopción, sino también porque tendrán, a través de su compasión universal corredentora, a María como su madre.

«Aquí está tu madre». Jesús, eres Tú quien me la da como madre. Este es tu testamento para mí. Es desde tu Cruz, de la que brota tu Sangre y desde la que me invitas a acercarme, que siento, temblando, esta promesa de una nueva madre y esta revelación de una ternura cuyo significado siempre me superará.

Con su corazón materno abraza a todo hombre, ella que supo permanecer firme incluso en la oscuridad de la cruz, confiando más allá de todo entendimiento. Hoy nos invita a vivir una fe auténtica, no basada en emociones pasajeras, sino enraizada en la confianza a Dios, un camino de esperanza que supera la necesidad de certezas terrenas.

¿Quién de nosotros no carga con pesos, dolores, incertidumbres? María es un faro para nosotros: nos recuerda que Dios cumple su Palabra, que la vida triunfa sobre la muerte, que su amor nos sostiene incluso en los momentos más oscuros. Ella está cerca de nosotros en el camino, Madre que nos guía a decir cada día nuestro sí al Señor, siguiendo el ejemplo de su obediencia.

 

Rezamos con el Salmo 33 (34)

2Quiero bendecir a Yahvé en todo tiempo, tener siempre en mi boca su alabanza. 3En Yahvé se gloría mi alma;

oigan los afligidos y alégrense. 4Enalteced conmigo a Yahvé,

5Busqué a Yahvé y Él me escuchó, y me libró

de todos mis temores. 6Miradlo a Él para que

estéis radiantes de gozo, y vuestros rostros

no estén cubiertos de vergüenza. 7He aquí

un miserable que clamó, y Yahvé lo oyó,

lo salvó de todas sus angustias.

 

Publicado originalmente en italiano por Marco Tosatti el 5 de marzo de 2025, en https://www.marcotosatti.com/2025/03/05/quaresima-terza-meditazione-di-investigatore-biblico-la-vergine-maria/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

 

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5 commenti su “Cuaresma, Tercera Meditación de Investigador Bíblico. La Virgen María”

  1. Marcelo Fernando Gerstner

    No voy a perder un solo minuto más en comentar sobre lo que ha hecho con la Imagen de la Santísima Virgen María. Simplemente decirle que en adelante procure no volver a hacer este tipo de cosas.

  2. Marcelo Fernando Gerstner

    No vale la pena perder un solo minuto más en seguir comentando sobre lo que ha hecho con la Imagen de la Santísima Virgen María.

  3. Marcelo Fernando Gerstner

    No vale la pena perder un solo minuto más en seguir comentando sobre lo que ha hecho y descaradamente continúa haciendo con la Imagen de la Santísima Virgen María. Es de esperar que un tipo como Ud. siga y siga y siga adelante sin ningún problema.

  4. Marcelo Fernando Gerstner

    No sé si se da cuenta, pero Ud. ha estado jugando, nada menos que con la Imagen de la Santísima Virgen Maria, como si se tratara de una carta (digo carta no cara) de póker. ¿Con qué fin podrido lo ha hecho? Lo sabrá Ud. señor.

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