Marco Tosatti
Estimados amigos y enemigos de Stilum Curiae, José Arturo Quarracino, a quien agradecemos de todo corazón, ofrece a su atención este comentario sobre recientes declaraciones del presidente argentino Milei. Feliz lectura y compartir.
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Días pasados publicamos un artículo en el que ofrecimos un compendio de las actitudes políticamente esquizofrénicas que presenta en los últimos años el presidente Javier Gerardo Milei, en su vida pública política. Pero el mandatario argentino está decidido a ampliar el archivo, por eso el fin de semana nos ofreció un nuevo capítulo de las interpretaciones distorsionadas que tiene de la realidad y de la historia.
En el medio de una entrevista periodística con uno de sus lacayos favoritos, don Javier Gerardo expresó un juicio que seguramente va a revolucionar la historia política universal. Según él, Adolf Hitler y sus seguidores “eran unos zurditos”, ya que se definían como “nacional socialistas”, lo cual según su interpretación los convierte históricamente en zurdos.
Ante tan tremenda definición que revolucionará seguramente las investigaciones históricas de aquí en más uno espera encontrar los fundamentos de tan gran revelación. Pero no, no hay fundamentos que avalen la frase presidencial, o por lo menos se los guardó en el bolsillo.
El problema es que no hay un solo testimonio documental, gráfico o visual que certifique esta identidad nazi-comunista. Es más, en tiempos de la Alemania nazi hubo una definición del “amor” que el nazismo profesaba por el comunismo, bajo la expresión Tod dem Marxismus, como se puede apreciar en esta foto de la época, salvo que tal hostilidad mortífera fue una cobertura, una puesta en escena para disimular o encubrir la afinidad doctrinal e ideológica profunda que habría entre el comunismo y el nazismo

Hay que tener en cuenta que el presidente Milei no es historiador ni tampoco erudito en ciencia política, sólo es economista. El problema es que siempre ha pretendido, y más aún hoy en día, como sabio indiscutido en temas que lo exceden ampliamente, como en este caso, en que afirma una barbaridad histórica, propia de un ignorante iletrado más que de alguien que se supone que por lo menos tendría que mostrar mesura en virtud del cargo que ocupa. Y el problema es que también muchos de los que lo rodean y siguen lo llaman y lo consideran “Emperador”, no sólo de Argentina, sino del mundo. Y como todo lo pone en evidencia, don Javier Milei se lo cree.
Pero si el presidente se informara un poco, quizás podría llegar a saber que en realidad el nazismo alemán existió, entre otras causas, gracias al aporte e impulso que le dio el mundo financiero de Wall Street, tal como lo probó documentalmente el gran historiador y economista angloestadounidense Antony Cyril Sutton, en su texto Wall Street and the Rise of Hitler, publicado originariamente en 1976, en el que muestra cómo y de qué modo la gran banca estadounidense y empresas cotizantes en Wall Street –“el gran clan supercapitalista”, como lo llama el historiador italiano Roberto De Mattei- financió el surgimiento, auge y desarrollo del Nazismo, al igual que lo hizo con la Revolución Rusa y la presidencia de Franklin Delano Roosevelt en Estados Unidos[1].
Pero seguramente don Javier Milei no tendrá tiempo de leer este texto, dado que según sus propias palabras “se pasa todo el día monitoreando las redes sociales”. Pero en todo caso bien podría leer la excelente síntesis que hizo de la obra de Sutton el mencionado Roberto De Mattei, en un artículo publicado en el año 1977 en la revista Cristianità, n. 28-30[2].
“Zapatero a tus zapatos”, dice un clásico proverbio español. Es decir, “dedícate a lo que sabes, y lo que no sabes dejáselo a otros que sí conocen el tema”. Sería bueno para el pueblo y para el país que el presidente argentino hable y se explaye sobre lo que efectivamente conoce, y no pretenda abordar temas y cuestiones que son serias y delicadas, pero de las cuales demuestra que no sabe nada. Por el bien del país y de la economía nacional, que tan vapuleada está. Porque al contrario de lo que pregonan y se entusiasman los grandes capitales financieros internacionales y “nacionales”, lo único que florece en Argentina actualmente es la improductiva especulación y depredación financieras, que permite acumular y acrecentar fortunas sin producir ni trabajar, en total y absoluto perjuicio del bienestar de la población argentina.
José Arturo Quarracino
7 de febrero de 2025
ROBERTO DE MATTEI, «WALL STREET Y LAS FUENTES FINANCIERAS DEL NACIONAL-SOCIALISMO. Entre los bastidores de la Revolución»
Demasiado a menudo los historiadores parecen olvidar los orígenes también financieros de los movimientos y de las organizaciones políticas de las que afrontan el estudio. La literatura tan abundante, y a veces inútil, florecida en torno a los dos mayores fenómenos revolucionarios de este siglo –el comunismo y el nacional-socialismo- es a propósito extremadamente avara en elementos; y la negligencia aparece tan llamativa que hace sospechar, cuando tal estudio permite hacer emerger imprevisibles y desconcertantes ascendencias financieras convergentes entre las realidades políticas y culturales que se creían irreductiblemente antitéticas. Dicho en forma más explícita: en el nacimiento y en el desarrollo del nacional-socialismo resultan estrechamente vinculados los mismos hombres y grupos financieros que ofrecieron el apoyo económico decisivo a la Revolución de Octubre [de 1917]. Hitler y Lenin fueron financiados por el mismo «clan» supercapitalista que apoyó en los años 30 el New Deal roosveltiano. La afirmación es aparentemente sorprendente, pero el reciente estudio del profesor Anthony C. Sutton, dedicado a Wall Street and the Rise of Hitler [Wall Street y el ascenso de Hitler], que completa la trilogía del mismo investigador sobre la temática, nos ofrece todos los elementos para probar la evidencia[3].
EL SUPERCAPITALISMO INVADE LA ECONOMÍA DE WEIMAR
Hay que poner en claro que al profesor Sutton le faltan las grandes líneas del cuadro que ve el choque decisivo de nuestra época en la lucha entre las fuerzas de la Revolución y de la Contra-revolución[4]. Pero el valor de su obra lo constituye la documentación seria, el rigor científico, el tono equilibrado, la prudencia del juicio: todas cualidades absolutamente necesarias para afrontar problemas tan fácilmente tergiversados. Las páginas de Sutton ofrecen entonces una contribución circunscripta pero preciosa a la historia «oculta» de la expansión revolucionaria en nuestro siglo.
En la primera parte de su volumen, el investigador americano demuestra que el ascenso del nacional-socialismo, su consolidación y su mismo imponente esfuerzo bélico están estrechamente ligados a la asistencia económica y tecnológica ofrecida desde los años 20 por Wall Street a la República de Weimar. La entidad de las reparaciones de guerra impuestas a la Alemania derrotada obligó de hecho a los alemanes, para hacer frente a las deudas, a dirigirse a los bancos americanos.
Wall Street organizó, no desinteresadamente, los dos programas de empréstitos conocidos por el nombre de «Plan Dawes» (1924) y «Plan Young» (1928). No por casualidad, observa Sutton, las negociaciones para la «reconstrucción» vieron, en la mesa de las tratativas, por un lado a banqueros como Charles Dawes y Owen Young, notorios exponentes del Establishment supercapitalista, por otra parte al presidente del Reichsbank: Hjalmar Horace Greeley Schacht[5]. Ligado al Establishment por vínculos familiares, este hombre se reveló como el «ligamen clave entre la élite de Wall Street y el círculo más cerrado de Hitler»[6].
Se produjo así una artificiosa reconstrucción económica que tuvo como resultado la ocupación de la economía alemana por parte del capital americano y su endeudamiento respecto a Wall Street. En realidad, se trataba de la cuña de un mosaico más ambicioso, cuyo diseño último –escribe Sutton citando la obra del profesor Quigley- era «no otra cosa que la creación de un sistema mundial de control financiero en manos privadas, capaz de dominar el sistema político de cada país y la economía global del mundo»[7].
A partir de la corriente de dinero americano que fluyó en esos años en Alemania nacieron los llamados «carteles», como la I.G. Farben (química) y las Vereinigte Stahlwerke (acero): colosos industriales vinculados a los intereses americanos, con financistas americanos en los consejos de administración. En los umbrales de la segunda guerra mundial, el 95% de la producción de explosivos en Alemania dependía de la Farben y de las Vereinigte Stahlwerke: una producción, subraya Sutton, que tiene su razón primera en los empréstitos y luego en la asistencia tecnológica americana.
Junto al de los «carteles» alemanes, no hay que olvidar el rol de las multinacionales americanas, la General Electric, la Standard Oil de New Jersey y la International Telephone and Telegraph (l.T.T.). La General, Electric, que controlaba en Alemania a la Allgemeine Elektricitäts Gesellschaft (A.E.G.) y a la Osram, en los mismos años en que se aseguraba el monopolio de la producción eléctrica soviética, ofrecía su contribución determinante al desarrollo de la industria eléctrica nacional-socialista. La Standard Oil de New Jersey aseguraba a la industria nacional-socialista su asistencia para la producción de la bencina sintética, que habría de resolver gran parte de los problemas logísticos alemanes durante la guerra; la I.T.T., además de una participación de casi el 30% en la industria aeronáutica Focke-Wolfe –a la que se deben algunos entre los mejores aviones de combate alemanes de la segunda guerra mundial, a través del banquero nacional-socialista Kurt von Scröder, quien cuidaba los intereses de la multinacional americana en Alemania-, financió regularmente, desde 1932 hasta 1944, al mismo Himmler y al ámbito económico ligado a las SS.
Merece subrayarse también algo particular revelado por Sutton. Al momento de la guerra, la producción eléctrica alemana estaba concentrada en las manos de un restringido número de empresas alemanas vinculadas con la General Electric y la I.T.T. Se trataba de un complejo industrial que habría debido constituir un objetivo de excepcional importancia para los bombardeos americanos. En realidad, sólo industrias electrotécnicas carentes de vínculos con Wall Street (como la Brown Boveri en Mannheim y la Siemensstadt en Berlín) fueron bombardeadas y sufrieron graves daños. Hasta 1944, los establecimientos de la A.E.G. y de las otras industrias vinculadas con las multinacionales americanas (Sutton proporciona estadísticas y ejemplos, como las instalaciones de la A.E.G. en Koppelsdorf o en Nürmberg) fueron misteriosamente perdonadas, con la obvia consecuencia de un continuo incremento de la producción eléctrica alemana.
«LAS FUENTES FINANCIERAS DEL NACIONAL-SOCIALISMO»
En la segunda parte de su volumen, el profesor Sutton ofrece la prueba irrefutable de un financiamiento también directo de Wall Street al ascenso de Hitler. Accediendo a los archivos del tribunal militar de Nürmberg, Sutton nos ofrece la documentación fotográfica de las órdenes de pago de los financistas de Hitler, con ocasión de las elecciones de 1933. En total, un total de tres millones de marcos, suscriptos por importantes empresas y hombres de negocios alemanes, pero sobre por las multinacionales germano-americanas, fue depositado –a través de la Delbruck Schickler Bank- en el Nationale Treuhand, administrado por Rudolf Hess y por Hjalmar Schacht. El mismo Schacht había organizado el histórico encuentro del 20 de febrero en 1933, en casa de Goering, en ese entonces Presidente del Reichstag, en el que Hitler había presentado sus planes a los exponentes de las altas finanzas alemanas.
La mayor subvención (cerca del 30% del total) fue aportada por la I.G. Farben: 500 mil marcos, a los que se pueden agregar otros 200 mil marcos, inversión personal de un directivo de la empresa, A. Steinke della Bubiag. Vale la pena recordar que la I.G. Farben, creada por Herman Schmitz en 1925 gracias a los empréstitos americanos, contaba entre sus directivos en Estados Unidos a algunos de los más influyentes hombres de Wall Street, como Edsel B. Ford de Ford Motor Company, C. E. Mitchell del Banco de la Reserva Federal de New York y Walter Teagle, del Banco de la Reserva Federal de New York y de la Standard Oil Company de New Jersey, amigo y consejero del Presidente Roosevelt. Pero sobre todo hay que recordar el nombre de Paul Warburg, primer director del Banco de la Reserva Federal de New York y presidente del Banco de Manhattan, quien dirigía la Farben en los Estados Unidos mientras su hermano Max la dirigía en Alemania[8].
Pero el capítulo más interesante del volumen de Sutton es quizás el dedicado a un misterioso volumen sobre Le fonti finanziarie del nazional-socialismo [Las fuentes financieras del nacional-socialismo][9], aparecido en Holanda en 1933 bajo el nombre de Sidney Warburg y luego imprevistamente sacado de circulación. Sutton ha logrado encontrar una de las tres únicas copias aparentemente sobrevivientes y nos ofrece un resumen articulado.
El libro, que se presenta como una especie de «Diario» de un exponente de Wall Street desilusionado por las intrigas del mundo supercapitalista, esta dividido en tres capítulos, titulados respectivamente «1929», «1931» y «1933». El primero describe una reunión secreta de las altas finanzas americanas, llevada a cabo en junio de 1929. El problema discutido era el de los gravosos pedidos franceses de reparación de guerra que obstaculizan la cooperación económica entre la República de Weimar y Wall Street. Según los presentes, para liberar a Alemania del chantaje económico francés, se debería recurrir a una revolución, comunista o nacionalista. En una reunión posterior se optó por la segunda solución, y se le confió a un joven banquero israelita presente, «Sidney Warburg», la tarea de establecer un contacto con el hombre político elegido: Adolf Hitler. A cambio del apoyo económico a su movimiento, Hitler se debía esforzar en conducir, una vez llegado al poder, una agresiva política de «revancha» contra Francia, que la obligaría a recurrir a Gran Bretaña y a Estados Unidos, para obtener una ayuda en el plano internacional. De todas formas, Hitler debía permanecer ignorante de los motivos últimos de este apoyo económico. Warburg aceptó la misión y abandonó Nueva York, para ir a Alemania con un pasaporte diplomático y cartas de recomendación de los más notables exponentes de Wall Street. Luego de algunas dificultades iniciales, logró encontrarse con Hitler en Munich. A través de Warburg, Wall Street ofreció al líder nacional-socialista diez millones de dólares. La suma fue pagada a través de la banca Mendelsohn de Amsterdam, que emitió cheques en marcos, cobrados por dirigentes nacional-socialistas en diez distintas ciudades alemanas. Algunas semanas después, la prensa americana comenzó a interesarse por el nacional-socialismo y el New York Times comenzó a publicar regularmente breves informes de los discursos de Hitler[10].
El segundo capítulo del libro describe otra reunión de las altas finanzas, desarrollada en octubre de 1931, a continuación de un pedido de ayuda económica del mismo Hitler. Esta vez las opiniones fueron discordantes. Mientras algunos financistas (entre ellos Rockefeller) se mostraron favorables a la nueva subvención, otros –entre ellos Montagu Norman, del Banco de Inglaterra- se manifestaron contrarios, sosteniendo que Hitler no llegaría jamás a apoderarse del poder. Sin embargo, se asignó un nuevo financiamiento y Warburg retomó el camino hacia Alemania.
Hitler le dijo a Warburg que para su movimiento se presentaban dos posibles vías para la conquista del poder: una vía revolucionaria, que necesitaría de tres meses de tiempo y costaría 500 millones de marcos, y una vía legal, que demandaría tres años y 200 millones de marcos. Wall Street prefirió la segunda vía, asegurando un financiamiento de 15 millones de dólares, pagados también en este caso por diversos bancos, en ciudades diferentes, para cubrir todo rastro.
El tercer capítulo del libro se refiere al último encuentro de Warburg con Hitler, la noche del incendio del Reichstag. Hitler informó a su interlocutor sobre el desarrollo del su partido y pidió un nuevo financiamiento de 7 millones de dólares, pagado a través de los canales conocidos.
Hasta aquí el contenido del volumen, que concluía con notas amargas sobre el mundo de Wall Street y sobre el futuro de Hitler por parte del presunto Sidney Warburg. Digo «presunto», porque poco después de la aparición del libro, el 24 de noviembre de 1933, una nota en el New York Times desmentía categóricamente que el autor de las páginas fuese Felix Warburg u otro miembro de la conocida familia de banqueros germano-americanos. Aparentemente, la «inexistencia» del autor fue el motivo que llevó a retirar de circulación el volumen, cuya historia no está de ninguna manera agotada.
La aparición, luego de la guerra, de dos libros –Spanischer Sommer[11] de René Sonderegger y Lieber Euere Feinde[12] de Werner Zimmermann-, en los que se re-evocaba el misterioso volumen, provocó una nueva reacción de los Warburg. James Paul Warburg, hijo de Paul, en un affidavit, es decir, en una declaración jurada publicada en un apéndice a las Memorie de Franz von Papen[13], pese a admitir que conocía el volumen solamente por el resumen de Sonderegger y de Zimmermann, desmintió nuevamente la existencia del autor y el presunto contenido.
Pero en este punto, aunque se admita que Sidney Warburg no ha existido jamás (lo que es probable), queda una extraordinaria referencia a los datos específicos revelados en el libro, ciertamente desconocidos para el gran público en 1933, como resultado de las investigaciones de Sutton. El mismo Sutton obseva que queda en pie «la incontrovertible evidencia que algunos Warburg, incluido el padre de James Paul […], fueron dirigentes de la I.G. Farben y se sabe que la I.G. Farben ha financiado a Hitler. Si Sidney Warburg es un mito, los directores de la Farben Max y Paul Warburg no lo son»[14]. Por último, queda el misterio, observa también Sutton, del motivo por el cual un hebreo como James Paul Warburg ha decidido desmentir a quince años de su aparición un libro que afirma no haber leído, eligiendo como vehículo propio las memorias de un conocido jerarca nacional-socialista como von Papen[15].
Se agrega, a título informativo, un dato particular recordado por Sutton. Según Sonderegger, cuyo testimonio es confirmado por una escritora sólidamente informada como L. Fry, el volumen en cuestión habría sido tomado muy en serio por Dollfuss, que lo habría estudiado y anotado con la intención de publicarlo, y justamente a esta intención estaría ligado el asesinato del estadista austríaco. La señorita Fry recuerda, por último, que el embajador nacional-socialista en Vienna, von Papen, tan extrañamente sustraído al proceso de Nürmberg, afirma en sus memorias haber conservado en su archivo un ejemplar del libro holandés. «¿Será ese –se pregunta ella- el ejemplar perteneciente a Dolfuss y sobre el cual él mismo redactó sus apuntes?»[16].
¿LA CLAVE EN LOS ORÍGENES «ESOTÉRICOS» DEL NACIONAL-SOCIALISMO?
La lectura del libro de Sutton establece algunas certezas y plantea muchos interrogantes. Las certezas son las conclusiones de Sutton: el socialismo soviético, el New Deal socialista y el nacional-socialismo, versiones diferentes del colectivismo moderno, fueron financiados por un mismo «clan» supercapitalista. Los interrogantes se refieren a los verdaderos orígenes, la naturaleza y los fines auténticos de este «clan», que parece inadecuado reducir a una personificación del «provecho» en los tiempos modernos. Pero el mismo Sutton, en el Prefacio a su libro, nos ofrece una rendija, al escribir que el rol de esta elite financiera debería ser examinado en relación a un segundo aspecto del nacional-socialismo, frente al cual confiesa su incompetencia: sus orígenes «místicos» y «esotéricos». Se trata de «un elemento tan importante -subraya Sutton- como el de los orígenes financieros»[17]. La afirmación impacta justamente porque proviene de un escritor tan poco inclinado, por su mentalidad, a este tipo de intereses y ofrece nuevos y desacostumbrados estímulos a los historiadores que quieren echar luz sobre el verdadero rostro de los fenómenos revolucionarios de nuestro tiempo.
Traducción por José Arturo Quarracino
Original en italiano: Wall Street e le fonti finanziarie del nazional-socialismo, publicado en Cristianità (1977)
[1] Antony Cyril Sutton, Wall Street and the Rise of Hitler, en https://web.archive.org/web/
[2] Roberto De Mattei, WALL STREET E LE FONTI FINANZIARIE DEL NAZIONAL-SOCIALISMO.
Dietro le quinte della Rivoluzione, en https://alleanzacattolica.org/
[3] Cfr. ANTONY C. SUTTON, Wall Street and the Rise of Hitler, ’76 Press, Seal Beach (California) 1976. Los otros dos volúmenes que completan la trilogía son Wall Street and the Bolshevik Revolution, Arlington House, New York 1974, y Wall Street and Franklin Delano Roosevelt, Arlington House New York 1975. La única mención italiana del volumen, en lo que a mí se refiere, se debe a Luciano Marrocco, «Come Wall Sireet finanziò Hitler», en L’Alternativa, 25-4-1977. Marrocco hace referencia además a una recensión del volumen aparecida en el número de marzo de este año de la revista australiana The New Times.
[4] Cfr. PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA, Rivoluzione e ControRivoluzione, 3ª edición italiana aumentada, Cristianità, Piacenza 1977.
[5] Hjalmar Schacht, «masón de alto grado» (cfr. J. FEST, Hitler, tr. it., Rizzoli Milano 1976, p. 530), fue Gobernador del Reichsbank desde 1924 hasta 1929, luego fue Ministro de Finanzas de Hitler, desde 1936 hasta 1939, para retornar por último a la dirección del Reichsbank. Fue absuelto en Nürmberg. Sutton recuerda el segundo nombre «Horace Greeley», para subrayar el origen americano (la familia de Schacht estaba ligada al Equitable Trust de Wall Street). Puede ser interesante recordar que Horace Greeley, afiliado a la secta de los Illuminati de Baviera, fue uno de los financistas del Manifiesto Comunista de Marx (cfr. Entre otros a J. BORDIOT, Le pouvoir occulte fourrier du communisme, Editions de Chiré, París 1976, pp. 132 y 140).
[6] ANTONY C. SUTTON, op. cit., p. 18.
[7] CARROLL QUIGLEY, Tragedy and Hope, The MacMillan Company, New York 1966, p. 324.
[8] Sobre el rol de los Warburg en el financiamiento de la Revolución de Octubre, cfr. ROBERTO DE MATTEI, «Rivoluzione d’Ottobre e supercapitalismo», en Cristianità, Piacenza, abril de 1977, año V, n. 24.
[9] Cfr. SIDNEY WARBURG, De Geldbronnen van Het NationaalSocialism (Drie Gesprekken Met Hitler), Van Holkema e Wacendorf, Amsterdam 1933.
[10] Desde entonces, el New York Times no dejó de mostrar particular «propensión» frente a Hitler. Testimonio precioso de esto es un comentario al atentado del 20 de julio y a la conjura antihitleriana, publicado el 9 agosto de 1944, en el que se hace notar que los detalles del hecho recordaban «la atmósfera del tenebroso mundo del crimen» más que la «que se tendría normalmente en el cuerpo de oficiales de un Estado civil». Durante todo un año, subrayaba el diario del Establishment en tono de reproche, alguno de los más altos oficiales del ejército alemán se habían ocupado de planes «para aprisionar o asesinar al Jefe de Estado y al Comandante supremo del Ejército». Al final organizaron su plan «con una bomba, el arma típica del mundo de los delincuentes…» (cfr. HANS ROTHFELS, L’opposizione tedesca al nazismo, traducción italiana, Cappelli, Bologna 1963, p. 256).
[11] Cfr. RENE SONDEREGGER, Spanischer Sommer, Aehren Verlag, Affoltern (Suiza) 1948.
[12] Cfr. WERNER ZIMMERMANN, Lieber Euere Feinde, Frankhauser Verlag, Thielle-Neuchatel 1948.
[13] Cfr. FRANZ VON PAPEN, Memoires, E. P. Dulton, New York 1953 (para el affidavit, cfr. pp. 593-602).
[14] ANTONY C. SUTTON, op. cit., p. 135.
[15] Ibid., p. 146.
[16] L. FRY, en Woman Voice, 27-8-1953, citado en H. COSTON, L’alta finanza e le rivoluzioni, traducción italiana, Edizioni di Ar, Padova p. 36.
