EL ESTADO NO PUEDE IMPEDIR QUE LOS PASTORES CUMPLAN CON SU DEBER.

4 Maggio 2020 Pubblicato da --

 

Marco Tosatti

Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, publicamos con gusto la contribución enviada por Sebastián Frías, sacerdote, abogado (Universidad de Belgrano, Buenos Aires), doctor en filosofía (Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma) y doctor en derecho canónico (Pontificia Universidad Lateranense, Roma). Escribió un artículo (“La Iglesia en tiempos de coronavirus”) sobre el video “Devuélvenos la Santa Misa” que fue viralizado esta semana en las redes sociales donde algunos jóvenes piden a sus obispos que restauren las misas para el pueblo. Ha habido versiones en Argentina, España, Austria y otros países. (Puedes verlos en YouTube). Aquí también está en Stilum Curiae. Disfruta de la lectura.

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La Iglesia en tiempos de coronavirus

«Devuélvannos la Misa» reclamaron unos jóvenes católicos a sus pastores en redes sociales y otros medios de comunicación. «Debemos acatar el aislamiento social obligatorio que dispusieron las autoridades estatales», respondieron algunos obispos defendiendo la suspensión de Misas y demás sacramentos.

Más allá de lo anecdótico, lo importante es el contenido: ¿es justo privar a los fieles de la Misa? ¿Pueden las autoridades eclesiásticas dejar a los cristianos sin el alimento que nutre su vida espiritual? Las medidas adoptadas por el gobierno nacional para hacer frente a la pandemia y evitar la propagación del virus, ¿justifican la suspensión general y automática de los sacramentos? Para responder a estas y otras preguntas debemos colocarnos en una perspectiva de fe y de justicia.

Dijo Jesús: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…» (Mateo 28, 19). En ese «bautizándolos» de su mandato misionero, Jesucristo confió los sacramentos (Bautismo, Reconciliación, Eucaristía, Unción de los enfermos, etcétera) a la Iglesia en depósito (no en propiedad) para la salvación de los hombres y mujeres.

Por esto, en las relaciones eclesiales los sacramentos son —al mismo tiempo— un deber para la Iglesia-institución y un derecho para los fieles. Son un deber de la Iglesia porque Jesús los destinó a los seres humanos. La jerarquía (diáconos, presbíteros y obispos) no se puede encerrar en las sacristías si pretende ser una Iglesia en salidacomo dice el papa Francisco, debe salir al encuentro. Los fieles, a su vez, tienen el derecho de recibir los bienes sacramentales que Jesús les dio para que acojan la gracia de Dios, se santifiquen y se salven.

La Eucaristía es el sacramento en el que Jesús, Pan de vida (cf. Juan 6, 48), se entrega revelando el amor infinito de Dios por cada ser humano. Es el alimento espiritual por excelencia, sin el que nuestra vida sobrenatural muere: «Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Juan 6, 53).

En tiempos de Covid-19 la misión salvífica de la Iglesia no cambia, sigue siendo la misma. Las acciones más caritativas que puede brindar son anunciar el evangelio y administrar los sacramentos. Nadie puede reemplazarla en su tarea de enseñanza y santificación. Tampoco bastan las transmisiones on line de las Misas porque, como dijo el papa Francisco, la iglesia virtual no es Iglesia.

Durante la cuarentena es preciso aplicar el principio pastoral de justicia «el derecho positivo sigue a la vida» que exhorta a adaptar las estructuras eclesiásticas para garantizar el acceso a los sacramentos. Así como las autoridades estatales aseguran el alimento físico, las medicinas y la asistencia social; las autoridades eclesiásticas deben asegurar el alimento espiritual, tomando las medidas sanitarias necesarias. Privar a los fieles de lo básico para subsistir es injusto. Como enseña el Santo Padre, la Iglesia debe ser un hospital de campaña con sus médicos de almas llevando a la gente la medicina de la Reconciliación y el alimento de la Eucaristía.

Los pastores deben discernir y decidir con fe, creatividad y celo apostólico cuáles son los modos más adecuados y eficientes. Quizá, como propuso el arzobispo argentino de la Plata, Mons. Víctor Manuel Fernández, se puedan celebrar Misas adoptando medidas sanitarias parecidas a las previstas para la concurrencia a supermercados, farmacias, bancos u hospitales.

Para que los fieles que deseen asistir a Misa puedan hacerlo, se podría aumentar el número de celebraciones por día, reducir su duración y omitir el saludo de la paz. Habría que adoptar medidas para evitar aglomeraciones y posibilitar que haya suficiente distancia entre las personas, desinfectar los bancos antes y después de cada Misa, pedir que los clérigos y fieles se coloquen barbijos, etcétera. Para la Reconciliación se podrían utilizar los confesionarios tradicionales con rejilla o grata adhiriendo un velo delgado con desinfectante.

De la misma forma —tomando los recaudos necesarios de protección (máscaras, guantes o vestidos quirúrgicos)—, los sacerdotes podrían llevar los sacramentos a las casas de las personas que lo deseen y no puedan acercarse al templo por ser población de riesgo (mayores o enfermos) o de los que tengan miedo de contagiar a sus parientes. También a las cárceles y hospitales.

Es primordial la atención a los enfermos y agonizantes. En el contexto de angustia que estamos viviendo muchas personas mueren solas, sin poder despedirse de sus seres queridos, sin expresiones de afecto, sin asistencia espiritual e, incluso, sin funerales. El sacerdote debe estar presente para consolarlos y acompañarlos en nombre de Jesús, porque Él nos prometió que estará con nosotros «todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20). Debe darles el amor de Dios a través de la Reconciliación (existen confesionarios portátiles plegables de cartón o aluminio parecidos a pequeños biombos), la Unción de los enfermos y la Comunión.

Las normas que quitan la libertad a la Iglesia son injustas y violan los derechos humanos de libertad religiosa y de culto (cf. Naciones Unidas (1948), Declaración universal de derechos humanos, artículos 2, 18 y 19). Los pastores deben «dar al César lo que es del César», pero también «a Dios lo que es de Dios» (Mateo 22, 21). Deben ser fieles administradores de los sacramentos y, como Jesús, entregar su vida por amor.

Las autoridades estatales no pueden impedir que los pastores cumplan con su deber de llevar el alimento espiritual y la gracia divina a la gente. Son muchos los que necesitan refugio, compasión, amor y consuelo. Es mucha la incertidumbre, la angustia y el miedo. Por esto, durante la cuarentena los sacerdotes deben, como Jesús, ser puentes de escucha, aliento y alivio llevando el amor de Dios, la gracia y el consuelo de los sacramentos a quienes los necesiten. La Virgen María acompaña.

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Questo articolo è stato scritto da Marco Tosatti

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